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3 de agosto de 2022

La crítica y el criticón

Criticar algo o a alguien supone, de entrada, ubicarse en una posición de superioridad. Solo quien detenta un poder, un conocimiento o un criterio mayor, puede evaluar y calificar. Un criticón hace eso todo el tiempo: juzgar a los demás, pretendiendo que su opinión, en verdad los va a degradar.
Del crítico al criticón hay un abismo. El que hace una crítica seria se sabe y se certifica como experto para hacerla. Evalúa tanto los aspectos negativos, como los positivos de aquello que está analizando. Lo anima un afán de mejora y por eso está despojado de ira al formular los resultados de su evaluación.
En cambio, el criticón lo que quiere es, simplemente, descalificar a los demás sin otra intención que la de desacreditarlos.

Crítica y proyección

El psicoanálisis estableció la existencia de un mecanismo de defensa que denomina “proyección”.  Consiste en un ejercicio inconsciente, a través del cual una persona les adjudica a otros sus propias virtudes, defectos y necesidades. Es como si tú te vieras al espejo y pensaras que quien se refleja ahí es otro.

La proyección se manifiesta cuando, por ejemplo, pensamos que le caemos mal a una persona, cuando en realidad somos nosotros quienes no la aceptamos. O cuando le gritamos a alguien que no nos grite. O en las situaciones en las que le damos a otra persona un consejo que no nos ha pedido; asumimos que necesita de ese consejo, cuando en realidad quienes lo necesitamos somos nosotros.
En el caso de los criticones, la proyección estriba en que tienen una opinión negativa de sí mismos. Y cualquier asomo de sus propios rasgos en otros desata la crítica inmediatamente. En el fondo, quieren probar que los demás son tan malos como ellos mismos. Que nadie es mejor.
Ver los defectos o las equivocaciones de los demás con lente de aumento les genera una gratificación; es una manera de eludir sus propios defectos y equivocaciones, escudándose en el prejuicio de que los demás son iguales o peores.
Como se dijo, se trata de un mecanismo de defensa que es inconsciente. De defensa, porque permite preservar una idea del propio yo. E inconsciente, porque no es una conducta deliberada o calculada. Nace como espontáneamente, aunque se repita sin cesar.

Los efectos de ser criticón

Un criticón está atrapado en una realidad muy triste. Su constante descalificación de los demás le crea la idea de vivir en un mundo insoportable. Aunque haya cierta satisfacción al ejercer sus críticas, se trata de una gratificación pobre y demasiado pasajera. La mayor parte del tiempo van a experimentar una profunda inconformidad.
El criticón tiene fuertes rasgos de paranoia y de melancolía. Es más que probable que haya crecido en un medio en donde se le juzgó de manera injusta. Seguramente se le señalaron sus defectos constantemente y se le hizo pensar que “no hacía nada bien”, que su valor como persona era relativo.
En un criticón hay un niño sojuzgado y triste que sigue encadenado a una infancia desdichada.
La crítica desmedida hacia los demás impide las buenas relaciones, pero sobretodo impide confiar, ser espontáneo, alimentar los lazos de intimidad. Por eso el criticón es también un gran solitario, que pasa el tiempo entre la tristeza y el enojo.
Y aunque haya razones de peso para que el criticón sea como es, lo cierto es que su comportamiento es dañino para los demás. Genera atmósferas pesadas y puede llegar a herir a los otros con sus palabras, o sus acciones.
También promueve un ambiente grupal poco sano que, más temprano que tarde, conduce al conflicto. En realidad, necesita ayuda para reconciliarse consigo mismo. Y debe buscarla.
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24 de mayo de 2022

Mentiras que hablan cuando el rostro expresa

¿Una verdad a medias es verdad o mentira?
Una mentira es una declaración realizada por alguien que cree o sospecha que es falsa o parcial, esperando que los oyentes le crean, ocultando siempre la realidad en forma parcial o total.

Mi finalidad al escribir este artículo es para dar a conocer un poco mas de este misterioso “deporte” que la humanidad ha practicado desde sus inicios. Pareciera que es la mentira y no la verdad la que rige su conducta y su diario vivir.
Comprender  los motivos y circunstancias que llevan a las personas a mentir o a decir la verdad puede contribuir a  comprender muchos hechos y las mismas relaciones humanas. La Biblia entera condena la mentira como uno de los pecados más graves. La pone a lado con el asesinato y el adulterio. Si tomamos la mentira como una metáfora puedo  proponer que la mentira  es la tentación a vencer por el ser que busca la verdad de su existencia.
Mentir o engañar es a veces el recurso o la estrategia a la que muchas personas de distintos ámbitos acuden para lograr sus objetivos. Es cierto que decir en todo momento la verdad no es lo más oportuno siempre y que una  mentira o verdad a medias es  generalmente una salida democrática que evita  el caos. Todo ello es lo que hace  que  especialistas y estudiosos del tema tengan mucho por estudiar y descubrir ya que  en las palabras mencionadas en algún discurso, en la letra escrita por alguna persona o hasta en los leves gestos que a la gesticulación facial o corporal se añaden al hablar, dan indicios de lo que es verdad o mentira para la persona que lo hace ya sea de forma consciente o inconsciente.
También es necesario destacar que una mentira  que se repite muchas veces, aunque llegue a considerarse como verdad no la hace verdadera, así se afirmó en la antigüedad que la tierra era plana,  y notemos ahora lo que se dice, y yo me pregunto será verdad lo que ahora se dice…La humanidad puede ver con sus ojos, escuchar con sus oídos y comprender con su mente lo que es la verdad absoluta o ¿Será que nada es verdad, nada es mentira, todo depende del cristal con que se mira?
En mi preparación como entrenador de desarrollo humano he confirmado que es más lo que se desconoce que lo que conoce de la naturaleza humana y la creación misma. Los  cinco sentidos el cuerpo humano y hasta sus percepciones sensoriales son limitadas  para  captar  las realidades del Universo que nos rodean y que al mismo tiempo  nos crean y  al cual le damos sentido con el pensamiento para tener un auto concepto de nuestra existencia en este planeta.
Por lo pronto puedes conocer más del tema aprendiendo a detectar mentiras con rasgos faciales, ademanes, gestos, posturas, entonaciones y demás detalles que tiene la comunicación si  aprendes a dominar las técnicas que apoyan a detectarlas; descubriendo tus capacidades como polígrafo humano o con conocimientos degrafología en la escritura o programación neurolingüística de las conductas humanas.
Las creencias e ideas de cada persona son un misterio  inclusive  para la misma persona que las piensa,  innumerables estudios   tratan de explicar aún sin respuesta de donde se genera el pensamiento  y  un factor repetitivo en la conducta humana es su necesidad y capacidad de mentir en todo momento. Tal vez lejos de ser un defecto sencillamente sea una característica de supervivencia que ha dado a la humanidad grandes ventajas sobre el resto de las especies que aunque también muestran indicios de engaño para evadir o cazar a sus presas no superarán nunca la capacidad humana de generar mentiras.
“Dentro de una gran mentira siempre hay una pequeña verdad”

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16 de noviembre de 2021

Responsabilidad Personal


De acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española de la lengua la responsabilidad es “la capacidad existente en todo sujeto activo de derecho para reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho realizado libremente”.

El ejercicio de la responsabilidad individual depende de cada uno. En principio, en un contexto de libertad, y desde la perspectiva de una persona sana, es decir, libre de trastornos psicológicos graves,  todos podemos elegir libremente qué hacer con nuestra vida, hacia dónde dirigirnos, con quienes queremos estar, qué queremos ser. Podemos incluso decidir no tomar ninguna decisión acerca de nuestra vida.

La consecución de nuestros objetivos y de nuestras metas depende de muy diversos factores, pero el principal de todos ellos es ser conscientes de la responsabilidad que tenemos sobre nuestras propias vidas, sobre nuestro bienestar y sobre nuestra felicidad personal.

Ser responsable supone decidir acerca de cuáles son las acciones más adecuadas para conseguir nuestros objetivos, significa ser proactivos, tomar la iniciativa. La responsabilidad conlleva tomar conciencia acerca del nivel de atención que prestamos a nuestro trabajo, a nuestras actividades y tareas cotidianas, así como a las relaciones que mantenemos con las personas que se encuentran en nuestro entorno, ya sea personal o profesional.

Ser responsables significa asumir las consecuencias de las decisiones que tomamos, por tanto, significa excluir de toda culpa a las circunstancias o personas que nos rodean. Expresiones como “ella/el me está volviendo loca/o”, “esta persona me saca de quicio”, “todo lo que me pasa es por su culpa”, “esta situación es injusta”, son expresiones que ponen de manifiesto nuestra falta de responsabilidad.



Ser responsables supone también decidir cómo jerarquizamos nuestro tiempo, como disponemos de nuestra energía, a quiénes le dedicamos ese tiempo y esa energía. Asimismo, ser responsable afecta a la calidad de nuestra comunicación con los demás. En el ejercicio de nuestra responsabilidad somos nosotros los que nos cercioramos de que las personas han entendido el mensaje que transmitimos, y de que también hemos entendido lo que otros pretenden comunicarnos, por tanto, somos responsables de la forma y de la claridad con que expresamos nuestras ideas e interpretamos las de los demás.

La responsabilidad supone aceptar de forma incondicional que nuestra felicidad depende sólo y exclusivamente de nosotros. Esto exige un alto grado de madurez personal. Significa que no vamos a hacer depender nuestra felicidad del hecho de que otros nos quieran o no, cumplan nuestros deseos o no, actúen de la forma que creemos más oportuna o no, o nos presten o no la atención que consideramos nos merecemos. Otra cosa es reconocer que las personas, con su comportamiento, pueden entristecernos, especialmente si éstas son parte importante en nuestras vidas, pero ¿hasta qué punto vamos a dejar que ese comportamiento siga afectándonos?.

Actuar de forma responsable lleva consigo el decidir y asumir los valores conforme a los cuales deseamos vivir. El hecho de que estos valores hayan sido adquiridos de forma pasiva e irreflexiva es algo contrario a la acción responsable. Los valores, es decir, los aspectos que realmente nos motivan, nos impulsan en nuestra vida, influyen decisivamente sobre nuestra forma de comportarnos y sobre nuestro sentido de integridad. Somos íntegros cuando lo que pensamos, lo que decimos y, sobre todo, lo que hacemos, resulta coherente con nuestros valores. Por ello, elegir cuáles son esos valores y alinear nuestro comportamiento con ellos entra dentro del ámbito de nuestra responsabilidad.

Mantener una alta autoestima, es decir, la valoración que tenemos de nosotros mismos, es también nuestra responsabilidad. Difícilmente podemos tener una alta autoestima si no somos responsables de nuestra vida y nuestra felicidad.

Ahora bien, es preciso matizar, y tener muy en cuenta, que no resulta oportuno ni aconsejable, hacernos responsables de sucesos que ocurren a nuestro alrededor y que se escapan a nuestro control, ya que entonces dejaríamos nuestra autoestima, y por tanto, nuestra felicidad a expensas de las actitudes y comportamientos de terceros, o a sucesos que, en la mayoría de las ocasiones, poco o nada tienen que ver con nuestras acciones directas. Por contra, estaríamos, asimismo, perjudicando gravemente nuestra autoestima si no fuéramos responsables de aquellos asuntos que están bajo nuestro control y dependen de nuestra voluntad.

Existe un concepto que se denomina “libertad interior”, y cuyo ejercicio responsable o no depende exclusivamente de nosotros. Esta “libertad interior” implica la forma en la que interpretamos las cosas que nos suceden, incluso de aquellos sucesos externos que escapan de nuestro control. Es cierto, que no podemos controlar absolutamente los resultados en sí de nuestras acciones, o los comportamientos y actitudes de los demás, pero sí decidir nuestra actitud y la interpretación que hacemos de esos resultados, de esos comportamientos y de esas actitudes. En este sentido, nuestra actitud y nuestra interpretación puede ser optimista o pesimista, desde una posición de “sentirse” víctima, dejándonos llevar por la frustración, o bien desde una posición de protagonistas de nuestras propias vidas, aprendiendo de errores y fracasos. Esto es una decisión que depende única y exclusivamente de nosotros, del ejercicio que hagamos de nuestra “libertad interior”.

Tal y como decía Victor Frankl, aún en las circunstancias más adversas nadie puede privarnos de esa libertad interior. Víctor Frankl es un psiquiatra de origen judío que durante muchos años vivió bajo el cautiverio de los nazis, encarcelado en un campo de exterminio. En su libro “El hombre en busca de sentido” exponía que sus carceleros, si bien podían torturarle, privarle de libertad, insultarle, o incluso quitarle su propia vida, nunca podían decidir sobre la interpretación que el mismo hiciera de esos hechos, en el ejercicio responsable de su libertad interior. Durante su cautiverio Víctor Fankl ayudó a muchísimas personas a salir adelante en condiciones infrahumanas, haciéndoles ver este aspecto tan importante, conjuntamente con la búsqueda de aquello que le daba sentido a sus vidas, aquello por lo que merecía la pena seguir viviendo. Víctor Frankl se ganó el respeto no sólo de sus compañeros de cautiverio, sino también de sus propios carceleros, y dio muestras de que, en último término, la felicidad depende de nosotros, es decir, de la responsabilidad que asumamos sobre nuestras propias vidas, sobre las consecuencias de nuestras decisiones, aún en las peores circunstancias.

Por tanto, por un lado, existen hechos y circunstancias externas a nosotros mismos que escapan totalmente de nuestro control, sobre los que difícilmente podemos actuar o incluso influir y que entran dentro de, lo que autores como Stephen Covey, denominan nuestro ámbito o “círculo de preocupación”. En estos casos, no resulta útil, ni aconsejable, responsabilizarnos de ellos hasta el punto de provocar en nosotros sentimientos de culpa,  enfado o frustración, que acaben repercutiendo en la valoración que tenemos de nosotros mismos y de nuestras capacidades como seres humanos y, por tanto, perjudicando seriamente nuestro bienestar y felicidad.

Por otro lado, existen otros hechos o circunstancias externas sobre los que pudiendo nosotros influir en mayor o menor medida, modificarlas, no dependen exclusivamente de nosotros, si bien nuestros pensamientos, decisiones, actitudes o comportamientos pueden hacer que éstas, como la erosión del agua de los ríos sobre su cauce, o la gota que de forma permanente e inexorable cae sobre la roca, pueden a medio y largo acabar provocando cambios muy significativos. Este segundo grupo de hechos o circunstancias estarían dentro del nuestro ámbito o “circulo de influencia”. En este ámbito, nuestra responsabilidad tiene más que ver con la forma en que nosotros interpretamos las cosas que suceden en nuestro entorno más cercano o con las consecuencias de nuestras decisiones, que con los resultados en sí de nuestras acciones o comportamientos o con las actitudes o comportamientos de los demás. En este sentido, esta interpretación será más optimista y constructiva en la medida que nuestra forma de pensar, hablar y actuar sea coherente con nuestro valores, y éstos a su vez estén alineados con principios universales e intemporales, como el compromiso, la honradez, el trabajo bien hecho o la dignidad del ser humano, etc., es decir, cuando nos comportamos con integridad.

Los aspectos internos o procesos psicológicos conscientes, siempre desde la perspectiva de una persona psicológicamente sana, y con matizaciones,  están bajo nuestro control.  Como parte de esos procesos, nuestra actitud ante los hechos o circunstancias externas, el cómo los interpretamos y la forma en que, por tanto, utilizamos nuestra libertad interior, indican el grado de responsabilidad y la madurez personal que cada uno nosotros poseemos. Es aquí donde se sugiere, con el conjunto de matizaciones que se quiera, que la responsabilidad personal sobre nuestra vida, sobre nuestro bienestar y sobre nuestra felicidad es plena, porque ¿de quién depende nuestra actitud?, ¿y nuestros pensamientos?. ¿Alguien nos obliga, aún en las peores circunstancias que podamos imaginar (recuérdese a Victor Frankl), a tener pensamientos del tipo: “La vida es un desastre. Nada tiene sentido y poco puedo hacer respecto a mi vida”, o bien del tipo “Qué día tan maravilloso ha  amanecido hoy. Cielo azul, buena temperatura, olor a azahar. Esto va muy bien”?.

Esta responsabilidad plena sobre nuestro bienestar y sobre nuestra felicidad tiene sus aspectos positivos y “negativos”. Al hacernos responsables plenos de nuestra vida ya no buscamos en las circunstancias, los hechos externos, los comportamientos o las actitudes de los demás justificaciones para nuestra tristeza o vacío interior, ya que no sería compatible con el propio concepto de responsabilidad personal, e implica tomar decisiones, ser proactivos, ser protagonistas de nuestras vidas y, por tanto, como aspecto “negativo” cierto grado de ansiedad ocasionado por la incertidumbre que genera el no saber cuál será el resultado de nuestras acciones. ¿Significa esto que ya no podemos o debemos sentirnos tristes? Claro que sí podemos. En ocasiones hay motivos objetivos para ello. No somos máquinas, tenemos sentimientos y emociones pero, ¿cómo gestionamos esas emociones?, ¿lo hacemos de forma responsable?.

¿Cuál es el aspecto positivo de una responsabilidad plena con nuestro bienestar y felicidad?. En cierta forma, al tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad plena sobre nuestro bienestar y nuestra felicidad, nos liberamos de muchas ataduras, tomamos el control, y las riendas de nuestra vida. Entonces nos volvemos proactivos, emprendemos acciones y tomamos conciencia y decisiones sobre nuestras vidas, sobre las cosas que pensamos, nuestras creencias, nuestros valores, nuestras interpretaciones, las cosas que realmente nos importan, etc. Lo que entonces sucede es que caemos en la cuenta que realmente podemos ir, poco a poco, con paciencia y perseverancia, haciendo de los fracasos y de los errores motivos de aprendizaje y de crecimiento personal, en lugar de motivos para la frustración, la tristeza, la desesperanza y la pérdida de confianza en nosotros mismos, algo por otro lado demoledor para nuestra autoestima y para nuestro bienestar y felicidad personal.

La toma de conciencia de la responsabilidad personal y plena sobre nuestro bienestar y nuestra felicidad, y sobre lo que ello implica de positivo,  es el inicio de un proceso de cambio personal maravilloso, que nos va llenando de energía, de fuerza, de ilusión, de esperanza, de acciones que tienen su origen en nuestros valores, nuestros deseos. Y de repente, con perseverancia, aceptación, amor y compasión, vamos comprobando como, lentamente, cambiamos actitudes, pautas de pensamiento, y comportamientos. Nos volvemos más flexibles, tolerantes, empáticos, asertivos, compasivos y afectivos. Nos aceptamos y aceptamos a los demás. Aprendemos de nuestros errores y de nuestros fracasos. Vivimos el presente, sin la tristeza del pasado, ni la ansiedad del futuro, sino plenamente concentrados en lo que hacemos en cada momento, con sentido de fluidez. Nos volvemos más creativos y, por tanto, expresamos nuestra inteligencia más genuina, de forma extraordinaria, que nos hace únicos, diferentes a todos los demás, porque, de hecho, lo somos. Aquella inteligencia que pone en valor nuestras capacidades y talentos. Somos entonces protagonistas de nuestra vida, ya que vivimos motivados, con integridad, y con un profundo respeto por los demás. Fijamos nuestras propias metas y objetivos, y las alternativas y acciones que, por muy pequeñas e insignificantes que éstas nos puedan resultar, nos acercan, lenta pero inexorablemente, a esos objetivos. Puede que llegue un punto en que busquemos trascender y dar un sentido a nuestra vida que va más allá de nosotros mismos. El resultado será que, casi sin darnos cuenta, iremos configurando nuestra propia realidad, nuestro “círculo de influencia” se hará cada vez más grande y, en ese lento, pero maravilloso proceso, iremos comprobando como las personas que nos rodean también inician su propio proceso de cambio personal, porque “yo también quiero”, dirán algunos, y éstos a su vez, en una espiral sin fin, con su comportamiento, su actitud y su ejemplo, influirán sobre otros.

Recordemos siempre, por tanto, que nadie, absolutamente nadie, puede privarnos de nuestra libertad interior para interpretar y pensar como queramos. Todo es cuestión de tomar conciencia, ejercer nuestra plena responsabilidad sobre este hecho y, lo más importante, querer cambiar y comprometerse con ese cambio.

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24 de septiembre de 2021

Diferencias entre un Jefe y un Líder


En muchas ocasiones, los jefes se esfuerzan por conseguir que el equipo que tienen a su cargo funcione. Sin embargo, tratar a los empleados como “números” puede llegar a ser contraproducente y, aunque dé resultados, es necesario ir un paso más allá. 

El líder es aquella persona capaz de influir en los demás. Es la referencia dentro de un grupo (ya sea un equipo deportivo o el departamento de una empresa). Es la persona que lleva “la voz cantante” dentro del grupo; su opinión es la más valorada.

El jefe es la cabeza de una organización. Una persona arcaica y encorsetado por la empresa, se encuentra en el puesto superior de la jerarquía y tiene las facultades necesarias para mandar a sus subordinados.
Hay quienes no entienden que lo importante es ser un buen líder, más que un jefe exitoso, sobre todo si no lo haces bien.

¿Cuál de ellos eres tú?

El jefe regaña. El líder, en cambio, ayuda a buscar una solución.


La percepción sobre su autoridad.
Para un jefe la autoridad es un privilegio concedido por su puesto de mando.

Para un buen líder, en cambio, la autoridad es un privilegio solo si es una herramienta útil para la organización.

El jefe hace suya la máxima de “yo soy el que mando aquí”.
Mientras que el líder encuentra su inspiración en la frase “yo puedo ser útil aquí”. El jefe machaca al grupo y el buen líder se mantiene al frente, los guía y se compromete día a día.

El jefe te desmotiva y humilla. 
El líder, en cambio, te ayuda a crecer y mejorar.


Imponer vs convencer.
El jefe basa su influencia en la autoridad que dimana del cargo que ostenta.

El líder se gana la simpatía y la voluntad de quienes le rodean.

El jefe hace valer su posición dentro de la jerarquía, mientras que el líder cultiva y cuida su liderazgo cotidianamente. 

El jefe siente la necesidad de imponer su criterio, usando largos monologos; el líder convence y ejemplifica sus argumentos, no busca desterrar a los demás, sino construir conocimiento y plan de acción.

El jefe te dice lo que quiere. 
El líder te muestra cómo se hace.


Miedo vs confianza.
El jefe infunde temor, miedo, suele amenazar, y su equipo le teme, le ponen buena cara cuando está cerca pero le critican duramente cuando no está presente.

El líder es una fuente de confianza, empodera a las personas, genera entusiasmo cuando trabaja, estimula al grupo reconociendo las buenas labores y el esfuerzo de sus miembros. 

El jefe precisa obediencia ciega, el líder persigue que la motivación impregne a todos. Si sientes miedo de tu superior, es un jefe corriente, si en cambio lo valoras y aprecias, tu superior es un líder.

El jefe te elimina si te equivocas. 
El líder jamás te deja atrás.


La gestión de los problemas.
El jefe quiere señalar a quien ha cometido el error; implanta la creencia de buscar a los culpables. De este modo, abronca, castiga y grita si algo no sale bien, para advertir al culpable y al resto de personas.

El líder sabe entender los errores y calmadamente reorienta la situación. No se encarga de señalar los errores ajenos ni de acusar a nadie, sino que busca solucionar el problema y ayudar a quien lo ha cometido a levantarse.

El jefe ordena lo que tienes que hacer. 
El líder, en cambio, te da sugerencias.


Organización técnica vs organización creativa.
El jefe distribuye las tareas y ordena, y se queda supervisando si sus órdenes están siendo seguidas a rajatabla. 

El líder estimula, aporta ejemplo, trabaja codo con codo con sus colaboradores, es coherente con lo que piensa, con lo que dice y con lo que hace.

El jefe hace que las tareas sean una obligación, pero el líder sabe buscar la motivación en cada nuevo proyecto. El líder transmite ganas de vivir y progresar.

El jefe se lleva el mérito de todo. 
El líder, en cambio, sabe que su equipo también hizo el esfuerzo y lo valora.


Órdenes vs pedagogía.
El jefe conoce el funcionamiento de todo, recela de su secreto que le ha llevado al éxito.

El líder sabe hacer pedagogía de cada tarea, sabe enseñar, tutela decisivamente a las personas para que puedan desarrollarse y hasta superarle.

El jefe organiza la producción, pero el líder les prepara para que alcancen todo su potencial.

El jefe te ordena a que trabajes y hagas que la empresa triunfe. 
El líder te invita a que juntos logren el cambio.


Poder vs inspiración.
El jefe defiende con uñas y dientes su posición de autoridad, ansía la reverencia, quiere mantener sus privilegios.

El jefe dice “haz esto”, el líder dice “hagamos esto”.

El líder hace que la gente normal se sienta extraordinaria, logra comprometer a su equipo en una misión que les permite superarse y trascender. El líder dota de significado e inspiración a su trabajo su vida y la de los que le rodean.

La mayoría de los empleados no renuncian a las empresas…sino a los malos jefes.


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12 de julio de 2021

La rana y el agua hirviendo


Si echamos una rana en una olla con agua hirviendo (a veces dicen agua muy caliente), esta salta inmediatamente hacia fuera y consigue escapar. En cambio si ponemos una olla con agua fría (a veces dicen temperatura ambiente) y echamos una rana esta se queda tan tranquila. Y si a continuación empezamos a calentar el agua poco a poco, la rana no reacciona sino que se va acomodando a la temperatura hasta que pierde el sentido y, finalmente, muere achicharrada.

Se trata de una conocidísima fábula para mostrar nuestra dificultad de adaptación a los cambios incrementales; aquellos que no son súbitos. Incluso, con frecuencia se dice que está basada en probados experimentos. Falso. Hasta hay dos autores, realmente solventes (a ambos los considero maestros), que la publican en dos de sus libros: Primero fue Peter Senge en La quinta disciplina y, algunos años más tarde, Manfred Kets de Vries la incluyó en Life and Death in the Executive Fast Lane.

La fábula está bien para transmitir un par de enseñanzas, al menos. 

Primero, nuestra capacidad para observar una situación problemática gana mucho si somos capaces de tomar distancia y observarla “desde fuera”. Y segundo, existen proceso lentos y graduales que amenazan nuestra supervivencia (o nuestra satisfacción, felicidad…) y que no somos capaces de identificar a tiempo.

¿Por qué ha sido así? ¿Por qué es tan popular esta fábula? Pues porque en el fondo se trata de una fantástica metáfora, sencilla y gráfica, de algo que realmente nos ocurre a los seres humanos, tanto como individuos como cuando nos juntamos en equipos y organizaciones: tendemos a acomodarnos en lo conocido, en la zona cómoda o de confort, y llegamos a negar incluso que permanecer ahí limita nuestras posibilidades, nuestra felicidad o realización o hasta nuestra supervivencia. Y digo más, creo que ello se produce tanto ante cambios incrementales del entorno o de nuestras circunstancias, como también en el caso de cambios súbitos. Los ejemplos pueden ser infinitos:

• Permanecemos en un empleo a pesar de que nos limiten nuestras responsabilidades, las posibilidades de aprendizaje, de promoción o la satisfacción personal. Personas que nunca aceptarían un empleo con esas características, se aferran a él cuando poco a poco, de modo progresivo, van entrando en una situación como la descrita.

 • Nos aferramos a nuestra pareja tras 20 años de convivencia, a pesar de que pesa 20 kilos más que cuando lo conocimos, padece alopecia, ya casi no le dirigimos la palabra más que para discutir y sus intereses e inquietudes se parece a los nuestros como un huevo a una castaña.

• Esa empresa, pequeña o grande (aquí el tamaño no importa), que ve cómo lentamente sus márgenes se van estrechando, que poco a poco va perdiendo clientes y capacidad de competir, y que sin embargo siguen tratando de hacer lo que siempre han hecho, lo que saben hacer, aunque eso ya no sea suficiente.

¿Por qué nos ocurre esto, realmente? 

Pues porque son muchas las personas que funcionan bajo el paradigma “Problema-Reactivo”. Lo utilizamos para protegernos del peligro y de las amenazas. Se trata de un paradigma que tiende a alejarnos de lo que no deseamos (problemas, obstáculos, amenazas…). Lo que queremos es volver “a la normalidad” lo antes posible, a que las cosas sean como antes del problema o amenaza. Es una cosmovisión guiada por el miedo, ya sea a que nos ocurra algo o a que nos deje de ocurrir, donde la ansiedad juega un papel central. Solemos tomar acciones (o no tomarlas) que lleven a reducir nuestro nivel de ansiedad, aunque estas acciones no resuelvan realmente el problema o no nos conduzcan al futuro que deseamos.

¿Cuál es la alternativa? 

Pues cuestionar ese paradigma, esa cosmovisión y adentrarse en un proceso difícil y largo, aunque también estimulante y motivador, de transformación personal  que te lleve a funcionar más bajo el paradigma “Resultado-Creativo”. En esta cosmovisión la energía para actuar no viene del miedo o de la reducción de la ansiedad, sino de la pasión, del deseo de querer conseguir algo que nos haga sentir bien. Desde ahí, con esa energía es posible conseguir resultados extraordinarios de modo sostenible. Este paradigma o cosmovisión es la base del crecimiento personal, del desarrollo del liderazgo y, en general, la base para conseguir vidas más plenas y satisfactorias, guiadas por un propósito y por una visión de lo que realmente anhelamos.

Si te vas acomodando y acostumbrando a los cambios que llegan sin reflexionar sobre ellos, puede que pierdas la visión de la realidad y termine afectando a tu calidad de vida. Busca siempre lo mejor para ser feliz y nunca pierdas la visión del lugar donde te encuentras.

Fuentes: Guia Infantil / Pablo Tovar  

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24 de febrero de 2020

Es que... ¡Así soy yo!


“No soy de números. No soy bueno para los idiomas. Soy  impulsivo. Soy desordenado, que le voy a hacer?!”


Si le suena esto familiar es que es muy común encontrarnos con este tipo de respuestas. Son excusas para evadir preguntas que resultarían difícil de justificar si es que contestaran con lógica.


Estas excusas son limitantes que uno se autogenera para evitar ser cuestionado por un comportamiento o actitud. Se trata de una declaración ante todos de cómo uno opina que es, que uno opina que puede y no puede hacer.

La gran realidad es que las cosas no son blancas o negras. El esfuerzo, el deseo de superación y la voluntad siempre sobresalen cuando de retos se tratan.

Las autolimitaciones, pueden llevarnos a dejar pasar muchas oportunidades. Hoy que el entorno se vuelve más competitivo, es requisito contar con las mayores habilidades técnicas para poder ser competitivo, pero mucho más importante es la Actitud.

La Actitud es nuestro motor, lo que nos permite pensar cada día que todo es posible, y gozar de los retos.

Consejos para el  día a día:

1. Actitud Positiva: Lo quiero, lo puedo, lo voy a lograr.
2. Empieza el día con una meta específica: Hoy voy a lograr… (completa la frase)
3. Haz tu análisis FODA, reconoce tus fortalezas y trabaja en tus debilidades con un plan de acción.
4. La suerte en sí no existe. La suerte es cuando la oportunidad y la preparación se unen y se fusionan.  Eres dueño de tu preparación, construye tu mundo de oportunidades.
5. Disfruta el reto, empieza con metas pequeñas. Recuerda que los pequeños cambios son el inicio de los grandes cambios.
6. Ponte fechas limites: La diferencia entre meta y objetivos es que las metas tienen una fecha de caducidad. Sin fechas, todo puede quedar en buenas intenciones.

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30 de diciembre de 2019

Siempre hay una oportunidad para empezar de nuevo, se llama hoy


A lo largo de nuestras vidas, nos vemos en situaciones que nos llenan de felicidad, que nos hacen crecer, que nos motivan, transitamos caminos que nos llevan a donde queremos o a sitios equivocados, donde los obstáculos nos hacen tropezar y muchas veces caernos… Con frecuencia no nos percatamos de nuestras capacidades para sobreponernos a las situaciones de conflicto, aunque esto sea parte de nuestro transcurrir por la vida.

Mientras más conscientes estemos de nuestras capacidades, mientras mayor confianza tengamos en nosotros mismos, mientras tengamos una pre-concepción de lo que nos merecemos y estemos claros de lo que queremos y de lo que no en nuestra vida, más fácil nos resultará percatarnos de las oportunidades que se nos presenten.

Lo mejor de la vida es que siempre podremos comenzar de nuevo, siempre tenemos una nueva oportunidad para escribir nuestra historia, seamos conscientes de ello o no, todos los días escribimos nuevos capítulos de nuestro libro de vida y somos nosotros los únicos que decidimos si el capítulo es una continuación de lo que venimos haciendo o si damos un vuelco a la historia y decidimos cambiar el rumbo.

Para cambiar el rumbo, para realizar cambios sustanciales es necesario que cerremos los ciclos de la mejor manera, que aprendamos a soltar y a dejar ir lo que nos afectan o bien idear un plan de reconstrucción de lo que venimos viviendo con el fin de que lo que hagamos nos haga feliz y que cada línea esté vinculada a llevarnos al sitio que pensamos que es el mejor para nosotros.

Si algo no nos gusta, tenemos la opción de modificarlo o de apartarnos si no es posible llevar a cabo un cambio o si nuestro alcance no es tan amplio como para generar una situación diferente, en todo caso debemos hacer uso de la aceptación de cada situación como si nosotros expresamente hubiésemos elegido esa vivencia, sin resistirnos, solo aceptando las cosas tal y como son. Cuando dejamos de resistirnos todo comienza a ser más sencillo, fluimos con las situaciones y es factible realizar las acciones necesarias que nos permitan recomenzar.

Es necesario tomar las lecciones de cada una de las situaciones, no vivimos nada por casualidad y si decidimos replantearnos nuestra vida a través de alguna oportunidad, resulta de mucha utilidad llevar en nuestro equipaje el aprendizaje al cual hemos estado expuestos, puesto que en caso contrario nos encontraremos reviviendo uno de nuestros viejos capítulos y nuestra oportunidad de hacer las cosas de forma diferente no será más que un recomienzo de una vivencia similar.

Nuestra experiencia vital es todo un regalo y está en nosotros aprovecharla al máximo, a ciencia cierta no estamos seguros de qué ocurrirá luego de nuestro tránsito por este plano, por lo que resulta interesante enfocarnos en esta vida como si fuese nuestra única oportunidad… Nuestra única oportunidad de qué específicamente?.. Pues de ser felices, de vivir a plenitud, haciendo lo que nos gusta, presentando coherencia entre lo que sentimos, pensamos y hacemos… Así que aprovecha el hecho de poder ajustar tu vida a lo que quieres, de cambiar tu realidad, de sentirte pleno con lo que haces y con las personas que tienes a tu alrededor.

“Decide ver cada desierto como la oportunidad de encontrar un oasis, decide ver cada noche como un misterio a resolver, decide ver cada día como una nueva oportunidad de ser feliz.”

― Walt Disney

Nunca es tarde, no importa lo que estemos viviendo, no importa la edad o la circunstancia, lo importante es hacernos conscientes de que cada día podemos cambiar nuestro destino, porque éste solo tiene un autor y somos nosotros mismos.

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28 de diciembre de 2018

Humildad


"Todo hombre que conozco es superior a mí en algún sentido. Y en este sentido, aprendo de él". (Ralph Waldo Emerson)
Según Wikipedia, el término deriva del latín humilis, que se traduce no solamente como humildad sino también como bajo o de la tierra.

Desde mi punto de vista, me atrevería a afirmar que hoy en día la humildad está sobrevalorada, la mayoría de la gente acepta con orgullo el calificativo de humilde, pero... ¿Qué ocurre si este calificativo lo aplican a su estilo de vida, su trabajo, etc.?

Mira a Fulanito, tiene una vida muy humilde, un trabajo humilde, viste de forma humilde... No es precisamente agradable ¿Verdad?

¿Qué les parecería probar a cambiar humildad por autoconocimiento?

Hasta donde yo sé, socialmente no está bien visto el que una persona reconozca su valía públicamente.

En el momento en el que alguien reconoce que "es muy bueno" o incluso "el mejor" en algo, no es raro que surjan calificativos como, prepotente, egocéntrico y demás perlas similares, pero... ¿Qué ocurre cuando puede hacerlo? ¿Cuándo realmente es muy bueno?

Cuanto nos cuesta reconocerlo... ¿Has probado alguna vez a decir: "Sí, eres realmente bueno en ese área"? o "Sí, reconozco que eres mejor que yo en ese aspecto en concreto".

No es fácil ¿No te parece?, especialmente con la segunda frase. ¿Qué te parecería completarlo con un -¿Podrías enseñarme??

Sinceramente, te animo a hacerlo, haz saber a las demás personas lo buenas que son, según tu punto de vista, en determinados aspectos de su vida, verás cómo la relación que tienes con ellos cambia de manera asombrosa.

Por otra parte, te invito a que te autoexamines, y reconozcas esas áreas de tu vida en las que realmente eres extraordinariamente bueno, haz una lista y compártelas con la gente que te rodea.

No tienen que ser áreas especialmente relevantes, quizás se te dé muy bien hacer castillos de cartas, por ejemplo. Tan solo importa que seas realmente bueno haciéndolas, verás cómo aparecen más de las que esperas.

Hay algo que debes de tener en cuenta, debes de ser cuidadoso, ya que no hay más necio que el que presume de cualidades o de atributos que no tiene.

Todo el mundo, absolutamente todo el mundo es excelente en algún aspecto de su vida, y no hay nada de malo en reconocerlo, eso sí, reconoce también en que aspectos eres menos bueno, y si te vanaglorias de tus capacidades, se capaz de asumir tus áreas de mejora.

No te enfades si alguien te dice que no eres bueno en algo, tan solo dale las gracias, y dile que vas a esforzarte en corregirlo, incluso me atrevería a animarte a que le pidieses que te dijese que más cosas observa que según el podrías mejorar.

Tampoco te empeñes en corregir todo lo que te digan, solo toma aquello que tú crees que puede ayudarte, si no eres bueno haciendo malabares, ¿Va a ayudarte en algo el mejorarlo?

Aprende a encajar las críticas, pues tan sólo disfrazan oportunidades de crecimiento.

Ahora, sal ahí fuera y demuestra al mundo que eres realmente grande.

MPC Coaching

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20 de diciembre de 2018

¿Quién Soy?


Los maestros espirituales nos alientan a buscar en nuestro interior y tomar responsabilidad de nuestras vidas y de nuestras acciones. 

La respuesta siempre está dentro de nosotros y buscar en nuestro interior es un reto porque hay situaciones que no queremos recordar y momentos que queremos olvidar, sin embargo, el “monstruo“ hay que tomarlo por los cuernos.


Para llegar a conocernos es ineludible sacar los esqueletos del closet, enfrentarnos al miedo y hacer un análisis de qué está pasando con nosotros.

En esta área de nuestras vidas: la Identidad, vamos a descubrir quiénes somos en realidad. Cómo soy, qué cosas me mueven a la acción. Cuál es mi temperamento, soy alegre, divertido o por el contrario todo es un esfuerzo para mí y veo la vida gris en lugar de color rosa.


El resto de las áreas de nuestra vida (Finanzas, Mente, Hogar, Diversión, Salud, Relaciones, Sexualidad, Espiritualidad, Profesión, Metas, Introspección) están influenciadas por cómo nos vemos como persona. Nuestros pensamientos y emociones (psique) influencian nuestro cuerpo (soma) y viceversa. También influencian todo lo que ocurre y se manifiesta en nuestra vida. El Talmud dice que no vemos las cosas como son, sino como somos. A veces vemos las cosas de acuerdo a nuestras experiencias y a nuestro estado de conciencia, no como realmente son.

Nuestro estado de conciencia es una colección de experiencias. Es el conocimiento que tenemos de nosotros mismos, de nuestros actos y cómo reflexionamos sobre ellos. Lynn McTaggart en su libro The Intention Experiment define la conciencia como una sustancia fuera de las limitaciones del cuerpo y es una energía altamente ordenada con la capacidad de cambiar la materia física. Es algo que podríamos llamar aura y es una energía que nos ayuda a cambiar nuestra realidad. Así de poderosos somos, solamente tenemos que creer que lo somos.


Ahora, busca un lugar tranquilo, medita por lo menos quince minutos, busca tu diario y contesta estas preguntas:

1. ¿Quién soy? (sabemos lo que no eres, no eres tu trabajo, no eres tu cuerpo, no eres lo que tienes, no eres tus estudios, ni el poder que tienes. Eres un estado de conciencia o un ser espiritual). Escribe lo que sientas, poniendo especial atención a tus emociones.

2. ¿Que camino espiritual he escogido y cuan cómoda me siento en él?

3. ¿Qué me hace feliz?

4. ¿Cuáles son mis estándares éticos?

5. ¿Vivo honrando mis estándares y en lo que creo?

6. ¿Qué cosas me mueven a la acción?

7. ¿Qué cosas me divierten?

La respuesta a estas preguntas te ayudarán a ver quién eres y cómo vives tu vida. Recuerda que para el que cree todo es posible, cree en tu corazón que puedes vivir la vida de tus sueños y lo lograrás.


MPC Coaching

mpccoachingcontacto@gmail.com
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